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Diario YA


 

El sentido terapéutico de Galilea

Pilar Muñoz. 15 de abril. Es tiempo de Pascua, hecho trascendental y único dónde el pecado es redimido para siempre. El Salvador ha pagado y cargado por nuestras debilidades y errores. Así pues, ¡Feliz Culpa¡. El Resucitado reaparece en Galilea, es allí dónde les recuerda al resto de los mortales el acontecer y devenir que deben seguir para obtener la tan ansiada felicidad.

La vuelta a Galilea cobra una dimensión transtemporal y transcultural para todo ser, con independencia de su credo o procedencia. El mensaje del Cristo Vivo es patrimonio de la humanidad. En su mensaje encontramos cifrado las claves y coordenadas que le permiten al hombre y mujer poder encarar y afrontar con sentido pleno y propio su existencia. De igual modo, les previene de las muchas trampas e ilusiones, que cual espejismos, nos desvirtúan de ese camino de optimismo y bonanza que anhelamos.

Dos de las trampas que atenazan al hombre desde su singladura vital son: el deseo de poder y el miedo. En apariencia corresponden a vectores y dimensiones opuestas, aunque en la realidad humanista tienen similar factura: debilidades y espejismos que alejan al individuo y le incapacitan para responder con autenticidad y sentido a la cita con su propia existencia. Tanto el poder como el miedo se encuentran en relación directa con el otro, con el semejante. Cristo resume en un solo mandamiento esta cuestión. “Amarás a Dios y al prójimo como a ti mismo”. Al ignorar y vaciar de contenido al hermano, al igual y semejante, perdemos objetividad, por lo tanto, nos angustiamos con cuestiones de superioridad sobre los otros, y a la vez tememos perder posición y estatus respecto al resto.

Estas cuestiones han estado presentes en toda la Pasión del Señor. Son dos pecados y errores característicos del hombre, lo cual no ha de asustarnos, pero sí ponernos vigilantes para no caer en esa trampa que nos incapacita para esa felicidad anhelada. Dos discípulos del Señor encarnan fielmente cada uno de estos fallos del hombre: Judas y Pedro, el primero delata por ambición, sin prever las consecuencias de ese desmedido interés. Está planificado, organizado y llevado a la práctica con connivencia de otro sector interesado. Mientras que el segundo, es la impulsividad, el miedo y la arrogancia. El resultado es bien diferente para ambos y para el colectivo que les rodeaba.

Judas percibe su error, intenta, de modo silente, arreglar el fallo y volver a pactar, cuando ya todo se había precipitado. Su segundo error fue el acallar su primer fallo, y renunciar a la manifestación personal y pública de su debilidad. De esta forma, se carga de culpa, se angustia, teme hasta el extremo, su interior se desequilibra y opta por la destrucción personal: el suicidio. Pedro, por su parte, se desmorona al saberse débil, al sentir su miedo, huye cabizbajo y acude a la colectividad: el cenáculo. Allí se deshacen sus culpas, al reconocer su fallo, la limpieza interior es instantánea, porque el colectivo se ve reflejado en el error, y a la vez aparece la consideración con el igual. Por lo tanto, en este caso, la culpa no aparece, y sí la superación del error, y el avance personal. Dos modos distintos de enfocar el humano error. Lo sabio no es no fallar, puesto que es imposible, lo verdaderamente sabio, es optar por la aceptación del mismo fallo y de modo sencillo comunicarlo al colectivo, para así aplacar los mecanismos de culpa y la disolución del yo: drogas, suicidio, adiciones…

La invitación de Jesús a volver a Galilea es una invitación saludable, higiénica, es el camino de la reconstrucción del ser humano. Sólo desde el origen, lo auténtico, lo sencillo, la fraternidad, el trabajo, la humildad, la veracidad y la aceptación de nuestra pequeñez,  podemos volvernos “gigantes” en cuanto a fortaleza psíquica y sentido vital. Galilea supone la huida del poder, de la ambición, la traición, la muerte, el sufrimiento, la culpa y la persecución. Jesús en su Resurrección les comunica que sólo lo encontrarán en Galilea.

Nuestra salud y apuesta vital no pasan por Jerusalén, ni sus fortalezas, grandezas, oropeles y masificaciones. Nuestro caminar seguro y feliz se encuentra en la orilla de lo sencillo, lo callado, lo cotidiano, al lado y junto al hermano, sintiendo la necesidad de sentirnos amados y rescatados por Dios. Sabernos fuertes dentro de nuestra pequeñez, leernos dignos dentro de nuestra finitud, obtener consuelo dentro del horizonte del sufrimiento, conseguir esperanza contra toda desesperación.

Es tiempo de Vida, es momento de Renacer, es hora de Plenitud, es oportuna la Dicha, es propicia la Confianza. Atrás queda el hombre viejo, renacemos al lado de Cristo, Vivo y Presente en la humildad  y humanidad de Galilea. El precursor de toda terapia, el psicólogo de la felicidad, el mediador y coach individual nos espera Resucitado en las orillas de Genesaret. 

 

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